25 may. 2010

Hace tanto tiempo que no escribo, ni recuerdo esa sutil sensación en mis manos, frió como el otoño desguarnecido, tan dormido que podrías ser árbol, un jardín húmedo y solitario, donde los amantes nunca se besan al abrigo de la noche, ¿podrían acaso las flores descansar en un lugar así?, no abrir sus pétalos coloridos, y dejar que la alborada dibuje las últimas estrellas.
Etérea aparece la calma, en un rincón inmerso en la pena, de frías lágrimas. Despunta como un despistado suspiro, aún tiene fuego en su mirada, no se ha dormido por el frío, amanece y no se ha ido, palpita porque siento su calor, tiembla como un niño herido. 
Quizás un dulce abrazo, un beso último, quizás una mirada, quiere sentir sus manos, duelen al amparo de las primeras luces, del sonido de un despistado pájaro, duele más que un beso arrebatado, su corazón se va yendo, el frío adormece, lo lleva entre sus alas.

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