16 abr. 2014

Un mundo servil

Cuando de joven leía los libros de Erich Fromm, Hesse, Bertrand Russell y incluso los que estaban casi prohibidos por entonces como la vida de Karl Marx, creía entre aquella utopía de pensamientos, había un sentido verdadero a llenar mis ansias de conocimiento, de aprender de aquellos virtuosos a entender si cabía, el mundo donde coexistía. 

Cierto que el mismo ha cambiado mucho desde entonces, y que las sociedades más abiertas parecía dejarnos un velo de esperanza, de tolerancia con quienes opinan distintamente.

Los postulados utópicos dejaron de ser en parte solo simples deseos de un sueño imposible de materializarse, recuerdo que muchos sentíamos que éramos protagonistas de los que a otros le fueron vedados.

Una sociedad libre en toda su extensión, sin cortapisas, donde crecimos con el derecho a discrepar y también a tolerarnos. Que equivocado estaba, eso me enseñaron los años posteriores.

Aquí en Chile como en Europa, lo que importa es el valor que te dan en esta globalización, que a priori solo existe o se ha creado por un mundo que desdeñábamos anteriormente, que creímos haber superado, pero no señores, somos un valor en el mercado, una tasa de impuesto, o un posible bono a mediano largo plazo, y bajo esa gentileza se nos agasaja o se nos reprende.

Podría no haber escrito de esta forma lo que siento, en multitud de ocasiones me he dedicado a crear pensamientos y dejarlos aquí sin más, haciendo entrever cualquier desdén conforme aumenta mi sorpresa.

Las sociedades tiende al desprecio, a idolatrar sus cuentas corrientes, eso les acerca a un nirvana financiero, haciendo de un grupo una sumisa forma de adoctrinamiento. Quienes tienen y los que no. Ante esta pasividad de criterio terminas dejándote vencer por algo que incluso aborrecen la mayoría, cayendo en la mediocridad, para terminar siendo deudores del sistema.

Dije que el valor circulante es el desprecio de quienes no lo poseen. Y sólo a ellos les está permitido tener apellido, sí como como he dicho, un nombre con apellidos, a los otros solo se les tolera  como recibo  para satisfacer el ego.

¿En qué hemos cambiado? No hay mayor tristeza que vivir en un lugar sin principios o tolerancia, donde se comen unos a los otros,  porque se desprecian, gente sin criterio.

Este es el adoctrinamiento de un mundo servil,  ¿nos merecemos esto? Sí porque con razón o sin ella, en ese principio elegimos vivir, si no miren ustedes mismos a su alrededor, la necesidad de poseer a toda costa algo más de lo que hemos necesitado, en ello, hemos sacralizado nuestra comunión con este sistema.




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